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Crónicas de Violeta

Unidad de urgencias del HORO: La antesala del purgatorio.

Recuerdo perfectamente el día que acudí al Hospital Regional de la Orinoquia, HORO, para solucionar algunos quebrantos de salud que me aquejaban. No cabe duda de la efectividad de la campaña publicitaria, que ha promocionado a esta entidad como una de las más eficientes de la región, pero la verdad el tigre no es como lo pintan.

Al final de la jornada entendí que cuando se llega en calidad de paciente, es necesario revestirse de paciencia infinita, para soportar el calvario en que se convierte la prolongada espera, a la que se ven sometidos los enfermos, para ser evaluados por un médico especialista.

Esta gentil cortesía de algunos funcionarios, extiende la estadía de los pacientes de manera innecesaria. Más que un calvario es la cuota inicial del purgatorio, hasta donde llegamos a limpiar nuestras dolencias, para salir con la fe renovada y la firme decisión de no volver al HORO, para no padecer nuevamente el sufrimiento de la ignominia.

Era un sábado a las 7 de la mañana, cuando un dolor abdominal acompañado de vómito, diarrea y vértigo, nos obligó a buscar ayuda profesional. Me presenté con un paciente para acceder a los servicios de urgencias, en la puerta el ojo clínico del portero define si el paciente puede o no acceder con su acompañante.

El registro de ingreso, la primera toma de signos vitales, al igual que la primera evaluación del galeno transcurre sin tropiezos. Luego vino una segunda valoración y fue excelente la atención muy humana. Rondaban las 10:00 am y al parecer con los medicamentos suministrados, el cuadro clínico cambiaba favorablemente.

Hasta ahí llegó la dicha, dando paso a la tortura que inició con un último requisito, una revisión por parte del médico especialista. Tenía la firme convicción que se trataría de un procedimiento relativamente rápido, pues hasta el momento las cosas habían marchado bien.

Pronto la alegría por haber podido restablecer mis condiciones de salud, mutó al enojo que me provocó la prolongada espera. El reloj ahora marcada las 3 de la tarde, es decir, habían pasado 5 horas y aun no llegaba el especialista, su presencia era más que necesaria para autorizar nuestro regreso a casa.

Para completar el cuadro agudo de negligencia burocrática, ninguno de los funcionarios me supo dar razón del galeno. Lo que sí puede corroborar, en ese momento, es que todos ellos aplican a la perfección el verbo esperar en todos sus tiempos y modos de conjugación.

Esa fue la palabra clave en todo el proceso. Yo espero; tu esperabas; él esperará; nosotros esperaríamos; ellos esperaban. “Tiene que esperar, hay personas más graves”, me respondían mientras veía como las caras de quienes me rodeaban aceptaban la cruda realidad con estoicismo.

Al indagar acerca de la demora en la atención puede establecer que el especialista requerido no tenía ninguna obligación de estar presente, pues el hospital no tenía el dinero para pagarle, pero aún así buscábamos respuestas.

Logramos comunicarnos con el galeno quien nos dijo que ya lo llamaron y que estaría en el hospital en una hora. Al escuchar esto entendí que el facultativo no se había enterado durante 5 horas que se requerían sus servicios profesionales.

¡Qué negligencia! En 5 horas no hubo un funcionario que tuviera la perspicacia de comunicarse con el doctor. En ese instante entendí que el HORO no pasa de un logo muy llamativo, acompañado de una buena estrategia publicitaria, porque algunos de sus empleados sigue confinados a la cárcel de la mediocridad y lo peor, parece que no quieren salir de allí. Si este es el mejor hospital de la Orinoquia, no me atrevo a imaginar los demás.

El especialista llegó 120 minutos después del contacto, es decir, casi se completaban 10 horas desde mi llegada al centro asistencia. Situación que el gerente del HORO calificó como normal, porque ajustados a las estrictas normas internacionales, el paciente puede esperar hasta 12 horas.

Es decir que me quedaron pendientes otras 2 horas, para cumplir con los parámetros universales. ¡Qué falla! Espero que la próxima vez pueda acatar con a cabalidad con esas disposiciones, para no pasar de arbitrario.

La atención muy cordial y acertada del especialista. La cita duró solo 30 minutos. Ya con la orden de salida y las recomendaciones respectivas, se pudo salir de aquel infierno en la que se había convertido la espera, injustificada.

El oportuno anuncio al especialista habría acortado el suplicio en por lo menos 5 horas, estar enfermo en una silla, con la conocida incomodidad que implican los achaques propios de la enfermedad padecida, no es nada placentero.

Días después el paciente continúa presentando vértigo y adicionalmente un fuerte dolor de espalda, del que responsabiliza a la prolongada espera en la silla plástica en la cual duró sentado más de 5 horas, mientras llegaba el médico especialista.

Esta nada agradable experiencia me lleva a pensar que todas las maravillas que cuentan en los comunicados de prensa, no pasan de una impecable redacción, porque en la práctica aún le falta mucho por mejorar en la atención al cliente.

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