En medio de la selva y con apenas unas toallas y pinzas para cortar el cordón umbilical, la partera recibió al bebé. Lucía* estaba postrada en la cama sin aliento, producto del esfuerzo que hizo para traerlo al mundo. De repente, un sentimiento de angustia la invadió al ver a su hijo por vez primera:
—No puede ser. ¡Qué chinito tan feo!
¿Con quién me acosté? Ahora me van a matar.
Lucía reaccionó cuando observó el tono oscuro de piel de su hijo. Ella y su marido son blancos.
Unos minutos después, aquella comadrona que asistió su parto le explicó que el aspecto del bebé se debía a que fue retenido por mucho tiempo dentro del vientre y que se estaba asfixiando. Fue necesario realizarle una reanimación para que progresivamente recobrara la respiración y con ella su tono de piel natural.
Lucía suspiró de alivio al escuchar dicha explicación. Ella confirmó que su hijo estaba a salvo y que el padre legítimo era el comandante paramilitar con el que tenía una relación sentimental desde hace dos años.
Lucía nació en Vélez, Santander, hace 33 años, pero desde muy joven vivió en los municipios aledaños debido al trabajo de su padre —camionero— y a su indisciplina en el colegio. Cuando cursaba noveno grado, ella y su familia se trasladaron a un pueblo del que prefiere no recordar mucho. Allí tuvo una vida de relativa felicidad.
Pero una mañana del año 2000, dicho bienestar se esfumó. Al pueblo llegó la noticia del asesinato de su padre a manos de la guerrilla del Eln.
A partir de ese trágico suceso, todo cambió. Su mamá, ella y sus cuatro hermanos se distanciaron y vivieron sus duelos de maneras diferentes. Lucía, con tan solo 16 años, viajó a Sogamoso en busca de una nueva vida. En este municipio boyacense conoció a los paramilitares y se enlistó en las Autodefensas Campesinas del Casanare (ACC).
Las ACC nacieron a mediados de la década de los noventa, producto de una alianza entre Héctor Buitrago Rodríguez, alias ‘Tripas’ (luego asumiría el poder su hijo, alias ‘Martín Llanos’), la familia Feliciano y Jaime Matiz Benítez.
La presencia de este grupo insurgente se expandió por Casanare, Meta, parte del Vichada, Boyacá e incluso algunos barrios del sur de Bogotá y Soacha. Posteriormente, emprendieron un enfrentamiento con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) por el control del territorio en los Llanos Orientales.
Al siguiente día de su llegada al campamento de las ACC, ubicado en algún rincón del Meta, comenzó el curso. La jornada inició con un calentamiento, acompañado de los tradicionales cantos al ritmo del trote. Estos, sin embargo, tenían letras diferentes a las que se escucharían en el Ejército:
“Sube, sube guerrillero, que en la loma te cercenaremos. Te quitaremos la cabeza (…)”, recita Lucía al traer a su mente aquellos cantos que ya son borrosos en su mente.
Esta mujer, de contextura física delgada, 1,70 metros de estatura, piel blanca, cabello rubio y rostro cubierto por un tapabocas que lleva a causa de un resfriado que la invade desde hace días, relata que a las mujeres del grupo las hacían trotar casi desnudas, solo utilizaban una licra y un sostén. “La picazón de los mosquitos era insoportable”.
A partir de la segunda semana, el entrenamiento se endureció, a tal punto que cometer un error podía ser mortal. Los reclutas, tanto hombres como mujeres, debían superar un circuito de obstáculos ubicados a lo largo de una pista. En distintos puntos, otros paramilitares les disparaban o lanzaban machetazos con el objetivo de herirlos.
Uno de los últimos obstáculos consistía en pasar el río de una orilla a la otra a través de una cuerda que colgaba de dos árboles. Todos la superaron, excepto las mujeres, así que los comandantes les dieron la orden de pasarla en menos de 20 minutos, de lo contrario las matarían.
Una de ellas, oriunda de Boyacá, cayó al río. Cuando uno de los comandantes la rescató y le indicó que volviera a intentarlo, la mujer expresó que prefería morirse, que no aguantaba más. Otro de los superiores presentes escuchó a la recluta y tomó muy en serio sus palabras. Le propinó cinco tiros en la cabeza. El turno para pasar la cuerda era de Lucía.
Ella sacó fuerzas de donde no tenía y empezó a cruzar. Justo cuando estaba a punto de superar la prueba, se cayó. No gritó, no dijo nada y se dejó arrastrar por el agua hasta la orilla, pero uno de los comandantes se acercó y le dijo que saliera.
— ¿Me va a matar? —le preguntó Lucía con temor al comandante.
—No recluta, tranquila. Vamos para el monte.
Lucía acudió adonde el comandante le había indicado. Tenía la seguridad de que su muerte se aproximaba. “Cuando llegamos al monte, vi que estaban las otras mujeres del grupo y también estaba el cuerpo de la boyacense. El comandante nos dijo que cogiéramos un machete y la picáramos. Sé que es pecado, pero cuando él dijo eso, yo descansé. No me iban a matar”, relata.
Ser mujer en un grupo paramilitar
Pese a que esta exparamilitar no atestigua ser víctima o recordar un acto de violación sexual contra sus compañeras o civiles, las cifras reveladas por la Unidad de Justicia y Paz son preocupantes. En 21 de los 32 departamentos de Colombia, integrantes de grupos paramilitares cometieron delitos sexuales.
Los delitos incluyen la esclavitud, abuso físico y mental, relaciones afectivas indeseadas y embarazo en menores de edad, entre otras vejaciones.
Lucía afirma que entre los paramilitares no hubo preferencias por ser mujer. La rudeza con que son tratadas empieza desde el primer momento en que se suben al camión de los reclutas.
Luego de las primeras semanas en el campamento, los comandantes les informaron sobre la entrada en curso del entrenamiento de campo. La convivencia entre Lucía y el resto de mujeres del grupo se complicó debido a su poca empatía.
“Como en todo grupo de mujeres, el chisme está presente y a mí eso nunca me gustó. Además, muchas empezaron a meterse con los comandantes para ganar beneficios, pero lo único que consiguieron fue que las trataran peor. A una la mataron porque tenía sífilis y estaba contagiando a todo los hombres”, cuenta.
No obstante, a pesar de la crítica hacia sus compañeras por meterse con los jefes paramilitares, ella no fue inmune a esta situación y se enamoró de uno de sus superiores.
Todo comenzó cuando, tras finalizar el entrenamiento de dos meses, fueron asignados a los grupos de contraguerrilla para salir a combatir. Ella sintió temor cuando vio por primera vez al comandante encargado de su grupo. “Era un hombre corpulento, con cara de malo y armado hasta los dientes”.
Desde un principio, el comandante se fijó en ella y supo que quería hacerla su mujer. Durante tres meses, el comandante la persuadió para que aceptara, incluso la maltrató y obligó a que realizara tareas más exigentes que las de sus otros compañeros. Sin embargo, ella continuó firme en su negativa.
Cuando el comandante desistió en su deseo de hacerla su novia, Lucía extrañó su intensidad y sintió una atracción especial por él. Allí comenzó un romance que marcó los momentos más difíciles de su vida en el paramilitarismo.
De regreso a la vida civil
Trascurridos tres años desde el nacimiento de su hijo, Lucía decidió que no podía continuar con su vida en la insurgencia. Además, su pequeño crecía y no quería para él una vida entre la selva, rodeado de armas y peligros.
En 2006, Lucía se desmovilizó del paramilitarismo e inició su proceso de retorno a la vida civil. Se reconcilió con su familia, fue madre por segunda vez y ahora culmina su pregrado en Derecho.
Tras cumplir su cita ante la ley y responder por sus actos dentro de la guerra, Lucía fue entregada a la Agencia para la Reincorporación y Normalización (ARN) —antes llamada Agencia Colombiana para la Reintegración—. Allí pasó por un proceso necesario antes de adquirir el título de reintegrada.
“Para que todo esto funciones es necesario una corresponsabilidad tanto de la empresa estatal como de la privada. Porque nada vamos a lograr si desde acá desarrollamos toda la política de reintegración, pero nadie abre las puertas a estas personas”, asegura un funcionario de la agencia al referirse sobre las dificultades para conseguir apoyo.
(Daniel Ávila León)
