Y finalmente me decidí a seguir mi sentido de la aventura, el amor por la montaña y la alegría de correr. Después de mucho pensarlo, me embarqué una tarde de sábado, en un bus lleno de jóvenes atletas, hacia el ultimo rincón de Casanare, y allí comenzó la aventura.
Rumbo a lo desconocido partimos a las 2:30 pm del 15 de diciembre de hace varios años. Los chicos alegres, incansables, llenos de energía parecían no saber, ni estar interesados en su destino, ellos iban de paseo, reían, gritaban y pedían más volumen para el vallenato. Pore, Paz de Ariporo, Hato Corozal, todo iba muy bien, el llano iba dejando atrás la montaña y la tarde iba cayendo.
Nos adentramos en una nueva transición, por un camino destapado rodeado de morichales y pequeños montículos como dibujados a lápiz, íbamos retomando la montaña, se hizo de noche y el viaje empezó a volverse eterno, la civilización se perdió y cada cierto tiempo aparecía una pequeña luz en el camino de alguna casa que aún no dormía. Pasaba el tiempo y el camino parecía ponerse más difícil y yo solo me preguntaba ¿Qué diablos hacía allí y quién me mandaba a meterme en esas cosas?.
Bueno, llegamos y la situación no parecía ser mejor. Antes de entrar al pueblo el ejercito nos requisó, menos mal en seguida nos recibieron con una gran cena, la cosa era de hambre. Dormimos en una escuela soñada, gigante y rodeada de montañas con niebla, un buen paisaje que antecedía la mañana siguiente. Salimos, listos para emprender nuestra aventura.
Se rumoraba que jóvenes y adultos tendríamos que correr la misma distancia (22 km) que además no era la que decía el folleto informativo, pero pues ¿Qué más da 5 km de más entre las montañas? El desayuno tal y como lo esperaba, aunque muy generoso, no estaba muy bien pensado para alguien que se enfrenta a media maratón, a 2000 msnm en terreno muy montañoso, pero para ese entonces ya me había dado cuenta que yo era la única que le paraba bolas a esos pequeños detalles, detalles que en otros lugares son parte muy importante del ritual del atleta, pero en un país donde la comida es un privilegio, nadie pone peros; los chicos tan tranquilos desayunaron caldo de papas y hayaca, sin pensar en el contenido nutricional, la digestibilidad o el aporte calórico.
El pueblo empezaba a despertar, a vestirse de fiesta, las calles estaban pintadas con mensajes sobre la carrera, las banderas izadas en la plaza recién pavimentada, la pequeña iglesia que apenas se mantenía en pie daba la bienvenida a las novenas navideñas y la música empezaba a sonar.
Las próximas dos horas serían de espera, incertidumbre, mensajes de todo tipo, que daban cuenta de la poca idea y experiencia que tienen los organizadores, entre ellos el Alcalde, en carreras de atletismo. Pero si eso es lo de menos, lo importante es que han venido personajes importantes en el ámbito, que hay una amplia delegación de Yopal, y que hoy hay fiesta, hoy se celebra la paz, la alegría de poder venir de cada vereda a participar en un evento comunitario, sea cuál sea, sin estar preparado, con la ropa de trabajo, sin protector solar, ni tenis, sin entrenamiento, ni bebidas hidratantes o geles energéticos, simplemente con la seguridad de que nadie en el camino nos va a parar: la violencia está pasando a ser parte de la historia ya.
La gente está alegre, todos lucen camisetas de la carrera, no importa si corres o sirves la empanada, si eres organizador o espectador, la misma camiseta blanca, el mismo himno nacional, el sentimiento de pertenecer, pertenecer a un lugar, hacer parte de una historia, sentirse responsable por un futuro, entender el sentimiento de un pueblo que esta intentando sacar la cabeza del agua y que refleja en sus sonrisas la sensación de paz que parecía nunca llegar.
Entre carranga y joropo se inicia la competencia, corredores de todas las edades, niveles y estilos arrancan cerro arriba, los cinco primeros kilómetros han de ser los más duros. En los primeros 200m se van quedando todos los corredores, mis compañeras de equipo parecen desfallecer, claro hay que resaltar que son velocistas a quienes, por una idea loca del alcalde y su entrenador, les ha tocado lanzarse a la media maratón. No saben qué les espera, no tienen ni idea como hacerlo, pero afortunadamente tienen la fuerza mental y cierta capacidad de sufrimiento que les ha dado su especialidad.
Yo por mi parte voy muy despacio, intentando no parar, me acompañan un par de señores, uno de ellos con bota machita y otro con blue jeans, ¿Cómo?, ¿Cómo diablos alguien puede correr así?, pues bueno ahí van y me alientan, me dicen que soy una valiente y yo pienso, valientes ellos que se atreven a enfrentarse a este reto en esas fachas, pero si para ellos es solamente un paseo, bueno al final para mi también, en ese momento no se me pasa por la cabeza la idea de ganar algo, yo con terminar y disfrutar tengo.
Voy subiendo y sin parar llego al premio de montaña, con 5 km encima decido preguntar cuantas mujeres van delante mío y oh sorpresa, solamente dos, ojo la campeona panamericana de maratón de montaña o algo así que suena a mucho y otra chica que luce bastante atlética, seria y profesional; me emociono entonces y empiezo a bajar lo más rápido que puedo, a lo lejos solo montañas tras montañas y yarumos blancos alumbrando el camino, me pasan, los paso, pero siempre somos los mismos, el chico de 13 años que acaban de prestarle unos tenis porque los suyos estaban bastante rotos, el señor de las botas y pocos más.
De repente el gran río, el río Casanare, lo cruzo por un puente improvisado de palo y me siento realmente en una carrera de montaña, en una región de Colombia hasta ahora totalmente desconocida para mí ¡¡¡que emoción!!! La felicidad llega hasta cuando de la nada sale una señora que luce muy fuerte, y me pasa, oh dios, el tercer puesto se me puede ir de las manos y yo ya me estaba ilusionando. Bueno subimos, bajamos y bajamos, ya se sienten los músculos, las articulaciones adoloridas, empiezan a surgir algunas molestias y ya se quiere llegar, al final una subida nos espera y logró entrar corriendo a meta, siendo la tercera mujer, siiii ¡hay podio!
Después de 2 horas 47 min y 22 km, hasta me ponen la cinta para romperla (nunca antes me había pasado, creo), la gente en el pueblo esperaba ansiosa, ya había más vida, olía a chorizo y fritanga, y el ambiente era aun más festivo.
Allí pasaron dos horas mientras llegaba el resto de la gente, muchos de los chicos de la delegación de Yopal ganaron premios en diferentes categorías, alguien me ofreció la ducha de su casa, tomé una cerveza con otro de los ganadores que es un campesino que ha venido caminado desde Chita, increíble, me invitó a su pueblo que según él es más lindo, un páramo lleno de frailejones, me lo estoy pensando… Recibimos el premio, yo no me lo creo.
Almuerzo para todos, corredores y no, organizadores, visitantes, niños etc…. Nos fuimos tras una despedida muy agradecida por nuestra presencia, todos íbamos felices y con los bolsillos y el estómago lleno. Regresamos, por el camino comimos, reímos y a las 11 pm estábamos cada uno en su casa.
Yo por mi parte aún no me creía la película de la que había sido protagonista segura de que había valido la pena, solo por todos los sentimientos y sensaciones que experimenté, y que hoy me motivaron a escribir esto y no dejar pasar el recuerdo de tan particular evento, en un mundo en pandemia que jamás me hubiera imaginado entonces.
Tal vez se me escapan muchos detalles, que espero no se borren de mi cabeza, esta ha sido una de las experiencias más extrañas y a la vez bonitas que he tenido corriendo. Además, significó más que una experiencia deportiva, una experiencia social y cultural que creo muy pocos han tenido.
El evento también reveló para mi la situación de los atletas en Colombia, siento que es muy difícil surgir, competir y ganar bajo esas circunstancias, siendo parte de la guerra, en un lugar hermoso y aislado que no está en el radar de muchos colombianos, sin embargo, se hizo… y espero que pronto se pueda volver a hacer.
Por: Andrea Barrera, (PhD y atleta)
